El renacer gitano

 
Hace dos años, el municipio de La Serena incluso barajaba la posibilidad de crear un barrio zíngaro en la ciudad. La colonia fue trasladada y aun se implementó un colegio que luego dejaría de funcionar. Sin embargo, las autoridades pretenden reactivar el proyecto y volver a darle vida a la colonia que habita a una costado del puente Zorrilla.

Era mediados del 2013 y el pueblo gitano de La Serena vivía un momento especial. Sí, luego de años de no haber sido tomados en cuenta por las autoridades y de haber deambulado por distintos lugares de la capital regional, finalmente el municipio les otorgaba un lugar definitivo en donde podrían instalar su campamento.
Se sintieron felices. Y es que pese a que su tradición itinerante siempre, la que ha pesado en ellos, el hecho de salir desde las cercanías de la ribera del río Elqui en donde antes estuvieron emplazados por algún tiempo y donde el frío invierno a veces les pasaba la cuenta, para trasladarse a un costado del puente Zorrilla a vivir como una comunidad relativamente organizada, en donde contarían con abastecimiento de agua y electricidad, significó demasiado para ellos.
Ya no tendrían que “andar pidiendo”. Y es que allí, en donde estaban antes, frente al condominio Mistral, sus costumbres a veces incomodaban a los vecinos, quienes habían expresado su molestia. Por ello, el pueblo zíngaro valoró tanto el cambio. “He recorrido desde Arica a Punta Arenas y ningún municipio, ningún alcalde había hecho tanto por nosotros”, expresó una emocionada Alicia Aristic, quien en aquel entonces fue una de las gitanas trasladadas.
Claro, el edil Roberto Jacob de pronto se convertía en el hombre más querido de esta comunidad. Ya en su nueva ubicación, constantemente se les efectuaban operativos médicos e incluso se proyectó construir “un gran barrio gitano”. Así lo manifestaba el propio alcalde, el mismo día en que se concretó la reubicación definitiva de las cerca de 30 familias. “Este es un espacio perfecto, un bien nacional de uso público en donde, primero, ellos no van a tener ningún problema, porque está administrado por el municipio y, además, en donde con todo lo que vamos a hacer como abastecerlos de electricidad, darles también agua, y en un futuro poder construir una multicancha para los niños, se puede hablar de verdadero barrio gitano, como los hay en otras partes del mundo”, proyectó un también entusiasmado Jacob.

INICIATIVA ÚNICA

Todo marchó bien. Los gitanos estaban felices desde ese marzo del 2013, cuando fueron trasladados. Pero podía ser mejor y lo fue. En el mes de agosto de ese año, en lo que constituyó una iniciativa única a nivel nacional en el próspero campamento, al interior de una carpa se inauguraba una pequeña escuela.
Gracias a la iniciativa de la comunidad adventista de La Serena, encabezada por el pastor David Victoriano, en conjunto con el municipio, alrededor de 50 niños tenían la posibilidad de estudiar sin alejarse ni de sus familias ni tampoco de su cultura. En ese momento, el gran desafío era lograr validar el establecimiento ante el Ministerio de Educación y lo consiguieron. A través de un proyecto de la Sociedad Educacional Trememn y Cía. Ltda., quienes postularon a la entidad de Gobierno, lograron que el establecimiento tuviese la calidad de colegio de nivelación de estudios, para que posteriormente los alumnos pudiesen insertarse en la educación regular.
El éxito se mantuvo por dos años consecutivos y fue el propio pastor Victoriano el que con orgullo manifestó que “voy a recorrer todos los campamentos gitanos del país para contar lo que se está haciendo en La Serena”.

NO TODO ES PARA SIEMPRE

Pero todo parece tener su fin. Hoy, la comunidad gitana no siente lo mismo que hace dos años. Creen que ya no son importantes como en algún minuto pensaron que eran y aseguran que las mismas autoridades que en su minuto les prestaron el apoyo, simplemente los olvidaron.
Finalmente el gran barrio gitano fue sólo un sueño. Nunca se concretó la multicancha para los pequeños y, lo que más lamentan, la pequeña escuelita dejó de funcionar.
Fue luego del temporal que el pasado mes de marzo afectó al norte de Chile y que también llegó a la Región de Coquimbo cuando quedó en evidencia la realidad actual de la comunidad. El campamento se inundó y muchos de los ocupantes debieron trasladarse a un terreno contiguo al que les había cedido el municipio. A casi un mes y medio del desastre natural concurrimos a hablar con ellos y en el lugar ya no se respiran esos aires de optimismo que alguna vez colmaron esa brisa zíngara. Basura acumulada y decepción son los conceptos que definen la nueva realidad. Sí, la de siempre. Y es que el tiempo de prosperidad parece haber sido sólo un paréntesis en la historia de un pueblo marcado por la incertidumbre. “Aquí hace tiempo que no viene a vernos a nosotros, o si vienen y se van nomás altiro. Ya no es como antes”, dice Carmen Aristic, quien se acerca rauda, rodeada de un grupo de pequeños cuando nos ve llegar.
Asegura que a ella no le molesta sobrevivir así, pero sí le parece extraño que de un momento a otro, las cosas que se prometieron dejaran de ser consideradas y, sobre todo, que la escuela, en la que dos de sus hijos estudiaban, ya no esté operativa. “Ese colegio era muy importante para nosotros, a los niños les ayudó harto. Incluso ahora uno de mis niños está en otro colegio, pero no es lo mismo porque aquí aprendían en su propio lugar, con su gente”, afirma la mujer y madre habitante del campamento, mientras sostiene a una pequeña en sus brazos.
Y es allí en donde está la preocupación de buena parte de la colonia, en quienes no alcanzaron a recibir la instrucción durante los dos años en que el establecimiento estuvo funcionando. Sucede que para ellos sería sumamente difícil ir de buenas a primera a un colegio regular, sin antes haber estado en la primera fase de nivelación que cumplía aquella escuela. Así lo expresa Antonio Ilich, también integrante de la comunidad. “Especialmente, este año se ha hecho muy poco por nosotros, sobre todo después del temporal, aquí quedamos muy mal, hay muchas moscas, infecciones que no se pueden solucionar solas y nosotros tampoco podemos. No han venido médicos como antes (….) Y lo del colegio, obvio que también afecta, porque aunque algunos niños van a la escuela, hay algunos más chicos que no lo hacen y si estuviera funcionando todo sería más simple”, asegura el gitano.
Alicia California está resignada. Cree que el cierre del colegio era un paso natural y, de hecho, fue el propio pastor del Colegio Adventista el que con algo de desconsuelo le explicó las razones de la clausura. “Lo que pasa es que ya no habían profesores para que le enseñaran a nuestros niños. Que ya no tenían plata, así que no quedaba de otra”, cuenta, mientras camina hacia la pequeña infraestructura de madera en donde se instaló el colegio y en donde ahora, al interior de la sala de hombres yacen apiladas las mesas y sillas, y, en la de mujeres habita un gitano enfermo. “Hay que acostumbrarse, si esta es nuestra realidad. Aunque no por eso van a dejar de venir a ayudarnos, ¿por qué lo dejaron de hacer? Eso yo no lo entiendo”, comenta.

NADA PERDIDO

Pero aquella desesperanza podría revertirse. Es que consultado, el pastor del Colegio Adventista de La Serena, David Victoriano, asegura que nada está perdido yque si bien es efectivo que debieron dejar de impartir las clases por falta de docentes y recursos, están buscando las fórmulas para poder reactivar el proyecto, ojalá este mismo año. “Aún hay tiempo. Nosotros en ningún momento hemos dejado abandonado al pueblo gitano y creo que lo que se hizo durante los dos últimos años dio frutos, porque hay niños que siguen yendo a colegios regulares. Pero estamos conscientes de que no podemos abandonar algo tan bonito que iniciamos y estamos haciendo las gestiones para reactivar el proyecto (…) Creemos que es posible, de verdad, y apelamos a la voluntad de los profesores jóvenes, o de alumnos egresados para que vengan aquí a la comunidad a colaborar con esto y enseñar a los pequeños de la colonia”, manifestó Victoriano.
Y el pastor no está solo. Según él mismo cuenta, el trabajo para reactivar el establecimiento lo llevan a cabo, tal como fue desde un comienzo con el municipio de La Serena. En ese sentido, el alcalde Roberto Jacob asegura que el pueblo nunca ha dejado de ser una preocupación para ellos. “Lo que pasa es que al concluir el proyecto que teníamos con el Ministerio de Educación, también hubo un problema de recursos, entonces eso redundó en que no tuviésemos los profesores, pero por eso mismo, ahora el desafío es encontrar la manera de encontrar recursos permanentes, no esporádicos. En eso se está trabajando con la corporación y por supuesto con la Iglesia Adventista, que fueron los iniciadores de todo esto”, enfatiza el edil.
En relación a la proyección que en un momento tuvo el sector zíngaro y que finalmente no se concretó, sostuvo que no ha sido fácil. “Ellos tienen una cultura que finalmente pesa mucho en todo lo que uno haga. Tenemos muchas opciones e intenciones de ayudarlos y lo hemos hecho, les pusimos electricidad, les pusimos agua y les dimos el lugar. Lo importante es que ahora podamos retomar todo eso, para que así, esa colonia cuyos habitantes han elegido quedarse aquí, en muchos casos, estén bien”, concluyó el edil, dando una nueva luz de esperanza a la comunidad que habita a un costado del puente Zorrilla. 

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Fuente: diarioeldia.cl