Termina el discurso oficial. Los aplausos se dejan sentir fuerte en el salón auditorio del Hotel Club La Serena, donde el pasado miércoles el Fiscal Regional saliente Enrique Labarca efectuó la última cuenta pública del Ministerio Público, teniéndolo a él como persecutor jefe, luego de 8 años.
Fueron 2 minutos de ovación cerrada. Claro, todos los presentes sabían que Labarca no se pararía nunca más allí, ante las máximas autoridades regionales para entregar el balance del anual de la institución. Él también lo tenía claro, sin embargo su rostro siempre serio -pero de leve sonrisa- se mantenía impávido. Sólo escuchaba y miraba al público entre quienes de tanto en tanto encontraba una mirada cómplice a la que saludaba con un guiño.
Silencio. El clamor se detiene y la sala vuelve a llenarse de murmullos expectantes esperando que el fiscal, quien todavía está de pie frente al micrófono, rompa la monotonía con unas palabras. Y sí, llegan, sin previo aviso. Labarca, el más “duro” de los persecutores de pronto deja ver su lado más humano, ese que mantuvo oculto, al menos en el ámbito público, durante los 15 años en los que fue fiscal.
Su rostro comienza a cambiar. Abre y cierra los ojos más de lo habitual, mientras, en lo que parece ser un símbolo de lo que allí ocurre, dobla las hojas que contenían el discurso que acababa de leer para guardarlo en el baúl de los recuerdos, para archivarlo como un caso sin respuesta. “Quiero dar las gracias”, dice, y de inmediato en su voz se reconocen atisbos de una emoción contenida, tal vez sólo desde ese momento, o quizás desde hace años.
Su mirada también cambia. Ojos vidriosos tratando que las lágrimas no se escapen, pierden la batalla cuando una empieza a bajar por su mejilla. “Ha sido un orgullo trabajar con ustedes, por tantos años (…) Uno se va dando cuenta que al final lo que más va a extrañar de esto no será el cargo, lo que uno echará de menos será a las personas”, expresa, y más de alguno de quienes lo están escuchando por primera vez hablando en esos términos se contagian con su emoción. “Me voy, y quiero aprovechar este momento también para agradecer a mi familia, a mi señora y a mi hija y pedirles perdón por el tiempo que uno dedicó a esto, que muchas veces les robé a ellas”; concluye y una nueva ovación recae sobre él, pero esos aplausos ya no son para el Labaraca Fiscal, son para Labarca la persona, que en ese momento muchos descubrieron.
LABARCA Y
SU OBSESIÓN
Pareciera que la historia terminó dándole la razón. En el sector justicia siempre fue visto como un fiscal poco llano a los acuerdos y a los juicios abreviados, incluso, poco cercano con la gente a un nivel más público. Sin embargo, logró consolidar una fiscalía que cuando en salía Víctor Hugo Villarroel como persecutor jefe, pese a que ya había culminado un periodo, todavía no se encontraba del todo consolidada. “Labarca ordenó la casa a un nivel organizacional”, es una frase que se repite
Tenía dotes de liderazgo innatos. Desde que se tituló como abogado y luego los desarrolló desde el primer momento, mucho antes de llegar a ser Fiscal Regional, cuando comenzó la historia de la Reforma Procesal Penal hace 15 años y dio sus primeros pasos en el Ministerio Público como persecutor adjunto en la comuna de Coquimbo. Eran tiempos en que asomaba la primera camada de fiscales, empapados de una mística que ya parece haberse diluido. Todo era nuevo y sentían que de ellos dependía que el gran cambio al sistema resultara. Labarca era uno de estos entusiastas, y según cuentan, el más entusiasta de todos.
Gloria Montaño es amiga del saliente persecutor jefe, actualmente es asesora en el Ministerio Público, y en los primeros años le tocó trabajar codo a codo con Labarca, cuando ambos eran fiscales adjuntos de Coquimbo. Relata emocionada que desde el primer momento tuvo la sensación de que Labarca sería una pieza clave en esta historia. “Era un tipo diferente, sin duda. Se le notaba en su forma de hablar, de expresarse y en la forma en que se tomaba el trabajo, era muy serio a la hora de trabajar, lo hacía de una manera casi obsesiva con muchas ganas (…) Éramos muy entusiastas, de hecho, recuerdo que en este tiempo, pasábamos noches enteras junto a Carabineros haciendo los patrullajes en sus carros, porque queríamos estar ahí, conocer todo el proceso que viven las policías y si pasaba algo que nadie nos tuviera que llamar, que ya estuviéramos, esa idea fue de Enrique y dice mucho de su personalidad, de lo que era como fiscal desde el principio y de lo que fue después”, relata Montaño.
La exfiscal también revela una faceta para muchos desconocida de Labarca. Y es que siempre fue visto como un “duro” y nunca, salvo en esta última cuenta pública, mostró sus sentimientos ante al gente, sin embargo en el ámbito privado sí lo hacía e incluso una de sus principales características era la preocupación que tenía por las víctimas. “En esa época recuerdo que entre nosotros todos nos decíamos apodos y a Enrique le decíamos El Padre Hurtado, ¿sabes por qué? Porque era demasiado bueno con las personas, fundamentalmente con las víctimas, se involucraba demasiado con ellos, en lo personal y sufría sus problemas. De verdad que esa es una cualidad que tuvo él desde siempre y en su gestión una de las cosas por las luchó fue por ellos, por mejorar la atención a las víctimas, porque era una de las cosas que más le importaba”, cuenta.
LLEGARÍA A LA CIMA
El primer Fiscal Regional, Víctor Hugo Villarroel, siempre supo que Labarca llegaría al máximo escalafón. “Yo desde que lo conocí que le vi cualidades que no tenían los demás. Era muy joven y el que se veía con más entusiasmo”, comenta, agregando que además, más allá de las ganas, tenía la gran característica de ser un hombre sumamente aplicado.
“Él podía trabajar en cualquier especialidad, algo que no sé si podían hacer todos los fiscales. Trabajó en delitos como el lavado de dinero, el tráfico de drogas y otros, y eso lo llevó a hacer una carrera muy importante, siendo fiscal jefe de Andacollo, después fiscal jefe de La Serena y luego regional, algo que nadie discutió porque en el fondo había un reconocimiento de que él era el mejor que había en ese momento, y creo que lo demostró porque entregó una fiscalía donde relevó el capital humano, la organización, la eficacia y sobre todo el servicio a la comunidad, porque nunca olvidó que la Fiscalía es un servicio hacia las personas”, indicó Villarroel.
RECUPERAR
EL TIEMPO
Sí, ese día rindió cuentas del trabajo de la Fiscalía, pero quedó pendiente la cuenta más importante de Enrique Labarca, la que él mismo reconoció mantiene pendiente con su mujer y su hija.
María Loreto Disi es a quien Labarca agradeció por haberlo apoyado durante todos estos años, y “haber soportado que les robara tanto tiempo”. Emocionada, su esposa, no tiene reparos en reconocer el orgullo que siente por su marido, a quien conoció a los seis años, y de quien nunca se separó. “Él siente que nos debe, pero la verdad es que no es así, yo desde que él comenzó como fiscal que vi el esfuerzo, el ímpetu que puso a su trabajo y por eso siento orgullo. Me daba cuenta que el tiempo que teníamos juntos siempre trató de aprovecharlo al máximo. Pese a que yo también trabajo y soy una persona independiente, él siempre veló por el bienestar de la familia, por eso y por sus inquietudes personales trabajó durante años, muchas horas al día, dando todo de sí, y creo que eso también es un gran ejemplo para nuestra hija, que con esfuerzo se consiguen las cosas, así que no tiene nada por lo que disculparse”, comenta Disi, evidentemente emocionada.
Pero Labarca siente que tiene esa deuda y quiere saldarla. Tuvimos que esperar para poder hablar con él. Todos lo requerían. Aunque oficialmente se va el 5 de enero del cargo, esto era lo más parecido a una despedida. Cuando lo abordamos, se mostraba diferente. Relajado como nunca, encendió un cigarrillo y esperó la pregunta con esa leve sonrisa, la de siempre. “Es extraño irse. Será raro ya no trabajar tantas horas al día, porque aquí en la fiscalía se trabaja las 24 horas, sin horario y la primera pregunta que se te viene que te haces es: qué vas a hacer con el tiempo libre”, dice Labarca.
Sabe que por ley ya no puede volver a ser fiscal. No está de acuerdo porque siente que con esta medida el organismo pierde a gente con experiencia. “Es una mala medida, pero lo que no me pueden quitar es mi título de abogado. Por lo pronto, lo que haré será poner mi oficina como abogado particular como lo hice cuando empecé. Aquí la vida no se acaba, comienza otra etapa, una etapa que quiero compartir más con mi familia recuperar cosas. Me voy con la sensación de haber dado todo, desde los primeros años en la fiscalía cuando salíamos a patrullar toda la noche en los carros policiales hasta la labor de Fiscal Regional”, concluye el saliente jefe del Ministerio Público, el “duro” que nunca transó en intentar aplicar el máximo rigor de la ley y brindarle la mayor protección a la víctima del delito, Enrique Labarca.
Fuente: diarioeldia.cl
